sábado, 13 de septiembre de 2014

El mundo de pinturas

Después de todo, sigo viendo lo mismo: Una calle larga de empedrado perfecto con casas de humo y madera que apestan a carbón. En ellas viven varios individuos trazados burdamente a carboncillo; el padre de familia, con sombrero de ala ancha que permanece con él incluso en la intimidad del lecho repleto de termitas; la madre, de chongo alto, vestidos escotados y labios voluminosos, los dos hijos regordetes el mayo cuyo futuro nunca se sabrá, oculto en un peinado de hongo y un par de luminosas mejillas sonrosadas con tinta china, la niña, toda ella educada y pulcra, siempre amarrada en una trenza ceniza que resaltas sus pequeños pedazos de cielo. Ella crecerá y será una joven dama perfecta y pulcra hasta el día en que muera, asesinada, en un segundo plano del crimen cuya fama hará famoso a algún detective.
A lo lejos, por la senda de la calle, se distingue un farol. A cada paso que doy, su luz sepia se aleja de mí, cual si su luminosidad no pudiese estar cerca de mí, cual si al momento de ser yo iluminada por el farol todo fuese a desaparecer, formando una mancha deforme e incolora de acuarelas, carboncillo, vinílico y tinta china.
Y de pronto estás tú, con tu sombrero de hongo pintado con oleo poco diluido, trazado a lápiz y fino carboncillo, tan difuso y a la vez tan tangible; corro hacia ti, el alma saliéndoseme por los labios en forma de suspiros que se evaporan antes de que los sientas, mojando mis perfectas zapatillas en el agua que se utilizó para cambiar el color de las acuarelas, extendiendo mis brazos sin saber muy bien a donde me dirijo, sintiendo como la brisa me impulsa, casi me levanta… siento la corriente de aire pasar por mis sienes, en la espalda, miles de explosiones en el estómago. Cuando llego a ti salto a tus brazos y tú, que no me esperabas, caes al piso con un reflejo de sorpresa en tus ojos de pastel. Tus colores se difuminan, tu humo se evapora.
Te marchas.

Tomo tu rostro entre mis manos. Aun llevas tu sombrero, lo aparto y acerco mi boca a tu cuello; jamás me había sentido así, tan viva, con la pasión desbordando en diminutas gotas de sudor y agua de lluvia. Clavo mis sientes en tu cuello hasta hacerte sangrar. Pruebo el intenso fluido. Es amargo. Sabe mucho a hierro, se mezcla con el agua y no resisto el impulso de tomármela, de mojarme en ella, de oler como tu aroma a perfume caro, ese que me encanta, y el de la sangre se mezclan. Siento que jamás me habías atraído bien, recargo mi cabeza en tu pecho y siento como vas desapareciendo poco a poco bajo a mí, como tu cuerpo se disuelve y los colores se evaporan en un empedrado apenas iluminado. Te veo bajar por el suelo en estado líquido,  lloro, mis lágrimas queman cual ácido en mis mejillas. Nunca llegan al suelo. 

jueves, 11 de septiembre de 2014

El monstruo plateado



El espejo te miente; te retuerce, sus entrañas de cristal se ríen mientras las tuyas se retuercen dentro de tu cuerpo. En tu demencia, lo vez enorme, amenazador, como un mounstruo de más de dos metros de altura, de tez plateada y brillosa, con ojos inexistentes que lo observan todo, que te observan a tí: la pequeña que no puede ni devolverle la mirada. ¿Cuando comenzó todo aquello? Quizá dentro de tí, quizá fuera, quizá se introdujo en tí como un virus. Ahora, con los huesos y el corazón de fuera te cuesta discernir entre lo cierto  y lo incierto. ¿Desde cuando las cosas dejaron de tener sentido? Ahora la lluvia es solo lluvia: gotas transparentes que caen lentamente sobre el cristal, gotas de un compuesto químico que se precipita debido a un fenómeno físico. Las gotas ya no son el llanto del cielo, son solo gotas.
Y es que contigo, las cosas dejan de tener sentido cuando comienzan a adquirirlo. Un árbol ya no es un buen árbol si no se le puede apreciar, si no se puede sentir su escencia, fundirse con él, meterte en la corteza sin moverte de lugar, sentir sus hojas convertirse en tus hojas y, poco a poco, lamentar que las raices te enganchen al suelo. Para entonces ya eres aire, liegro, arrastrando contigo a las basuras. Y ya eres las lasuras. Porque ya lo eres todo y ese todo deja de serlo.
Pero el espejo se lo ha tragado todo con su reflejo, ha robado la escencia de las cosas, te ha robado a tí, a tu espíritu. Ha terminado por deborarlo con su calma platinada, con esa inmovilidad que te desespera aun más, con su intangibilidad en la que ya se presiente la ironía, en la que puedes escucharlo reirse de tí y de todos. Y entonces su transparencia se convierte en la tuya y ya no existes más. Te ha matado.

lunes, 8 de septiembre de 2014

Las furcias: 
 
Te he sentido tantas veces; he sentido como el mismo aire que rosa mi boca se pasa suavemente por la tuya, mientras estamos a centímetros el uno del otro. He penetrado en tí, en el par de ventanas en las que te empeñas en poner cortinas que siempre quito, con delicadeza. He escuchado tus suspirs, los he sentido, los he amado y odiado como los míos propios, los he anhelado. He también hablado contigo sin tener que formular palabra, con un mirar para el que no se requieren ojos, con ese sexto sentido que ni tù ni yo hemos llegado a comprender.
¿Qué esperan ellas? Furcias de ventanas tras las cuales no hay nada, furcias que el aire rehuye, furcias que solo saben expresarse a medias por medio de las palabras. Pero tú las sigues amando, sigues idolatrando sus simpleza, su entereza, su seguridad; ¿Cuantas veces no te has preguntado si vivimos en la misma realidad? Cuestionando si ellas se cuestionan, si sienten, si aman de verdad.
Tantas veces me has dicho que tu objetivo en la vida no es la felicidad: es el amor. ¿Qué buscas tú amandolas a ellas? O será que no buscas, que por una vez en tu vida has decidido dejar de buscar para concentrarta en encontrar lo intangible. Quizá, a fuerza de repetírtelo, has entendido finalmente que quien busca no encuentra, que no importa cuantos caminos recorras, el único que te llevará a algún lado es el que tomes con ojos cerrados, oídos sordos y falta de tacto, aunque con los sentidos ampliados tanto como puedas.
No sé si alguna vez me has amado. No me interesa. No quiero ser para tí algo material, quiero serlo todo y no ser nada, quiero ser un anhelo. Pero eso tú ya lo sabes.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Carta



No recuerdo el día, la hora, el lugar, el momento, el clima o el paisaje que observaba la primera vez que te vi, ni siquiera logro acordarme de lo que sentí  cuando vi tus ojos negros acercarse a mí por primera vez. Pero recuerdo que te conocí. O quizás no. Si tuviese que describirlo diría que fue un poco rosa, muy verde, con algunas flores al estilo vintage, muchos escalofríos, olor a algodón de azúcar, madera y café. De la edad que teníamos en aquel momento poco sé, pudo haber sido hace cinco minutos, ayer, antier, hace meses, décadas o siglos. Creo que te conocía de toda la vida y que nunca te conoceré. Creo que no podemos delimitarnos por tiempos y espacios que no nos pertenecen, a los que somos ajenos. No puedo recordar una sola de nuestras citas, por lo que no te puedo decir si alguna vez fuimos a la playa o algún cafecito en los barrios burgueses; si sé que estamos y que no estamos, que puede que seas una ilusión, que puede que si te recuerde, dentro de mí, pero todo lo que encuentro son olores, colores y, quizá, alguna melodía de vez en cuando, una de esas que no existen y  probablemente nunca existirán.
Tú eres un poco de mí y yo soy un poco de ti, tú eres olor a café, madera, especies orientales e incienso, eres plástico nuevo y autos que huelen a limpio, eres el polvo de las casas antiguas y los tenis mojados en charcos, eres rocas de río y verjas de hierro, eres barquitos de madera, fotografías de rollo que se acaban de revelar, papel blanqueado, un menjurje, una pintura abstracta que no existe, las flores de un cerezo, perfumes caros y pequeñas plantitas de hojas que apenas se distinguen, eres el zoom de una cámara, la botellita de un tequila y la lata de una sangría a la que apenas le quedan algunas gotas. Eres un dorado como el de las cubiertas de los libros de biblioteca y un arete de plata en el que se refleja algo rosa muy tenuemente, eres un negro, más no como el del carbón o el de la noche, si no como la oscuridad al cerrar los ojos. Eres un blanco tenue como el de los cielos despejados en días helados y la gaviota que vuela sobre ellos, también eres un naranja amanecer y una luz que no ilumina, un gris como el de las piedras que se ven a través del agua de lluvia. Eres una música sin muchos cambios, lenta, que se repite en diferentes versiones de sí misma.
Yo soy un espejo sucio, un libro antiguo, una estrella violeta en el cielo, olor  a canela y a orégano, a perfume barato, a sillón de terciopelo, a lluvia, a cabello quemado por el sol, a piel con bronceador, a madejas de algodón y un poco a madera sin pulir, a recina de árbol, uvas y plátanos, a piel con sal de mar y un poco a jengibre, a monedas que llevas mucho rato en las manos, ladrillos y a  barro polvoriento. Soy un color psicodélico, una pintura perfecta y realista con escenas absurdas y colores extraños. Soy una combinación surrealista, soy flores que quieres comerte aunque sepas que son venenosas, un pastel recién horneado, un poco de plateado, negro, rosa tenue, azul pastel y blanco.
Cuando te siento eres algo frío en mitad del pecho, un escalofrío, un chorro de agua helada en el cuello, una súbita faja en el estómago, una sensación de vuelo,  una locura espontánea y ganas de correr, contigo o sin ti, a cualquier lugar. Me das ganas de encontrarme el bazo y el hígado y lanzarlos lejos a donde no puedan volver, de estirar el cuello y ocultarme tras la hojarasca de una helada ventisca.
Cuando me vez, soy una media sonrisa, una promesa, un largo parpadeo y un cosquilleo tras la oreja. Cuando me vez, no quieres verme, quieres sentirme, sentir mi escencia, sentir la canela y los libros viejos y la pintura absurda y realista con colores psicodélicos. Por eso hablamos de cosas absurdas.
A veces siento que todo esto que somos acabará por evaporarse y fundirse en uno solo, que formará un nuevo universo en el que ni tú ni yo existiremos, en el que ya no seremos nada más que materia transformada, en el que tu incienso y mi perfume barato se mezclarán, así como tu plástico nuevo y mi lluvia; en el que nuestras combinaciones sean solo alucinaciones, monstruos aterradores. Y tú y yo volaremos y nos tomaremos todo el aire vacío como probablemente lo hicimos con el café que alguna vez compartimos.
¿Será que tú y yo creamos el universo? ¿Será eso, amor? Si es así, vámonos, quiero vivir en el universo de otros, quiero que seamos los únicos monstruos aberrantes, quiero amarte sin palabras, quiero sacarme los escalofríos (Que seguramente serán de un color azul eléctrico) y entregártelos en una bolsita de celofán.
Si aún tienes dudas de quien soy yo, la extraña que va día a día a verte en el hospital me temo que no puedo ayudarte más. A veces temo que la amnésica loca sea yo, y que mi hospital sea este mundo gigante que me parece vacío sin ti; lleno de siluetas neblinosas sin sentido, nada más que materia inolora e incolora que solo está ahí por estar, que no es ni tú ni yo y que ni por asomo podrá tener su propia escencia; todos modelados con el mismo material absurdo que ni en un millón de años será original.
Te extraño cariño, recuérdame, o al menos recuerda lo que soy y siempre seré.
Te amo.