Después de todo, sigo viendo lo mismo: Una calle larga de empedrado
perfecto con casas de humo y madera que apestan a carbón. En ellas viven varios
individuos trazados burdamente a carboncillo; el padre de familia, con sombrero
de ala ancha que permanece con él incluso en la intimidad del lecho repleto de
termitas; la madre, de chongo alto, vestidos escotados y labios voluminosos,
los dos hijos regordetes el mayo cuyo futuro nunca se sabrá, oculto en un
peinado de hongo y un par de luminosas mejillas sonrosadas con tinta china, la
niña, toda ella educada y pulcra, siempre amarrada en una trenza ceniza que
resaltas sus pequeños pedazos de cielo. Ella crecerá y será una joven dama
perfecta y pulcra hasta el día en que muera, asesinada, en un segundo plano del
crimen cuya fama hará famoso a algún detective.
A lo lejos, por la senda de la calle, se distingue un farol. A cada
paso que doy, su luz sepia se aleja de mí, cual si su luminosidad no pudiese
estar cerca de mí, cual si al momento de ser yo iluminada por el farol todo
fuese a desaparecer, formando una mancha deforme e incolora de acuarelas,
carboncillo, vinílico y tinta china.
Y de pronto estás tú, con tu sombrero de hongo pintado con oleo poco
diluido, trazado a lápiz y fino carboncillo, tan difuso y a la vez tan
tangible; corro hacia ti, el alma saliéndoseme por los labios en forma de
suspiros que se evaporan antes de que los sientas, mojando mis perfectas
zapatillas en el agua que se utilizó para cambiar el color de las acuarelas,
extendiendo mis brazos sin saber muy bien a donde me dirijo, sintiendo como la
brisa me impulsa, casi me levanta… siento la corriente de aire pasar por mis
sienes, en la espalda, miles de explosiones en el estómago. Cuando llego a ti
salto a tus brazos y tú, que no me esperabas, caes al piso con un reflejo de
sorpresa en tus ojos de pastel. Tus colores se difuminan, tu humo se evapora.
Te marchas.
Tomo tu rostro entre mis manos. Aun llevas tu sombrero, lo aparto y
acerco mi boca a tu cuello; jamás me había sentido así, tan viva, con la pasión
desbordando en diminutas gotas de sudor y agua de lluvia. Clavo mis sientes en
tu cuello hasta hacerte sangrar. Pruebo el intenso fluido. Es amargo. Sabe
mucho a hierro, se mezcla con el agua y no resisto el impulso de tomármela, de
mojarme en ella, de oler como tu aroma a perfume caro, ese que me encanta, y el
de la sangre se mezclan. Siento que jamás me habías atraído bien, recargo mi
cabeza en tu pecho y siento como vas desapareciendo poco a poco bajo a mí, como
tu cuerpo se disuelve y los colores se evaporan en un empedrado apenas
iluminado. Te veo bajar por el suelo en estado líquido, lloro, mis lágrimas queman cual ácido en mis
mejillas. Nunca llegan al suelo.