El espejo te miente; te retuerce, sus entrañas de cristal se
ríen mientras las tuyas se retuercen dentro de tu cuerpo. En tu demencia, lo
vez enorme, amenazador, como un mounstruo de más de dos metros de altura, de tez plateada y brillosa, con ojos inexistentes que lo observan todo, que te observan a tí: la pequeña que no puede ni devolverle la mirada. ¿Cuando comenzó todo aquello? Quizá dentro de tí, quizá fuera, quizá se introdujo en tí como un virus. Ahora, con los huesos y el corazón de fuera te cuesta discernir entre lo cierto y lo incierto. ¿Desde cuando las cosas dejaron de tener sentido? Ahora la lluvia es solo lluvia: gotas transparentes que caen lentamente sobre el cristal, gotas de un compuesto químico que se precipita debido a un fenómeno físico. Las gotas ya no son el llanto del cielo, son solo gotas.
Y es que contigo, las cosas dejan de tener sentido cuando comienzan a adquirirlo. Un árbol ya no es un buen árbol si no se le puede apreciar, si no se puede sentir su escencia, fundirse con él, meterte en la corteza sin moverte de lugar, sentir sus hojas convertirse en tus hojas y, poco a poco, lamentar que las raices te enganchen al suelo. Para entonces ya eres aire, liegro, arrastrando contigo a las basuras. Y ya eres las lasuras. Porque ya lo eres todo y ese todo deja de serlo.
Pero el espejo se lo ha tragado todo con su reflejo, ha robado la escencia de las cosas, te ha robado a tí, a tu espíritu. Ha terminado por deborarlo con su calma platinada, con esa inmovilidad que te desespera aun más, con su intangibilidad en la que ya se presiente la ironía, en la que puedes escucharlo reirse de tí y de todos. Y entonces su transparencia se convierte en la tuya y ya no existes más. Te ha matado.
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